
No es una novedad que, tanto en la literatura, el cine, la música y en la vida misma, naturalizamos la violencia en todas sus formas. Desde los besos sin la aprobación de la otra persona, pasando por el chico que se comporta como un completo imbécil que cambia “por amor”, hasta llegar al sadomasoquismo observable en la falta de consentimiento disfrazada de fantasía sexual. Cada uno de ellos son pequeños aportes a una cultura en donde se desenfoca la violencia, ocultándose tras la creencia de que “el amor todo lo perdona”. Lo peligroso de esto es que tenemos muy en claro que, conductas como matar o robar son dañinas.
Ahora bien, cuando pasamos al plano real, escenas como el príncipe azul que besa a la princesa mientras ella duerme, no es fácil discernirlo con claridad. Si un completo extraño es un hombre digno, de gran corazón y buenos valores, ¿es aceptable que me bese mientras duermo? o sin ir más lejos, todos sabemos de alguien que se enamora de una persona y que no lo trata como se merece, insiste en ser quien lo cambie para bien. Con esto, ¿no estaríamos fantaseando con algunas de las tantas novelas o películas con esa trama tan cliché?, esto a costa de nuestra salud mental y que provoca intimidación, humillación, sentimientos de vacío y tristeza; es decir que, para tener una historia de amor de novela, nuestro bienestar pasa a un segundo plano, todo por el afán de querer repetir las historias clásicas del amor para toda la vida.
Por esta misma razón, siempre fue tan difícil (en muchos lugares lo sigue siendo) denunciar a personas violentas que sin hablar de violencia física se presenta con conductas como el seguir a alguien por la calle, invasión a la privacidad, creer que el otro es su propiedad, controlar, atosigar con mensajes, obligar a tener relaciones sexuales o celar, no eran sinónimo de violencia hasta hace un tiempo. Incluso se creía que este tipo de comportamientos venían del amor; todos hemos escuchado alguna vez la frase “te celo porque te quiero”. De esta manera, crecimos en una sociedad rota, invadida por personas que creen que el otro es su posesión, interfiriendo en cada ámbito de su vida. Un referente de esto se obtendría preguntando a alguna persona mayor sobre su infancia y sus relaciones amorosas. Es sorprendente escuchar las situaciones que se soportaban o se dejaban pasar, incluso por el “qué dirán” proveniente de la sociedad. Personas obligadas a dejar de estudiar para dedicarse de lleno al hogar, renunciando a sus sueños, alejándose de sus amigos, soportando infidelidades, vicios, golpes, intimidación y un sinfín de conductas asociadas hasta ese tiempo, al amor. A ese amor romántico y barato, engañándonos con que así “viviríamos felices para siempre”.
Normalizar esto en el plano amoroso tiene repercusiones en cada ámbito de nuestra vida ya que, si no sabemos identificar cuáles conductas son violentas, ¿cómo sabremos si la otra persona se sobrepasa con nosotros, sea en una relación de pareja o no?, en el plano laboral por ejemplo. Por esto, es un problema que se extiende más allá de las relaciones amorosas.
Todos crecimos o hemos sido testigos de la creencia de que ser “el chico malo” es sinónimo de ser “cool” y, contrario a esto, cuando un hombre es muy sensible, es motivo de burla. Con este tipo de supuestos tan arraigados, los hombres que sí lo son, tienden a reprimirse ya que no encajan con el estándar esperado, prefiriendo mostrarse malos y frívolos; llevando a muchas crisis cuando ya no se soporta tanta represión. Y, de lo contrario, los valientes que se animan a mostrarse, lo hacen a costa de sufrir algún tipo de violencia en más de una ocasión.
Por otra parte, cancelar este tipo de historias y hacer de cuenta que nunca existieron, no aportaría mucho. Si echamos un vistazo hacia atrás, son la prueba de que vamos avanzando como sociedad al poner en duda este tipo de conductas normalizadas desde siempre; pero esto no puede detenerse aquí, se tiene que continuar haciendo día a día, seguir cuestionando situaciones que nos hacen daño.
Cambiar una creencia no es tarea fácil, se debe trabajar mucho, empezando por uno mismo y así ser un ejemplo para las nuevas generaciones, evitando, de esta manera, repetir las historias que nos han contado, de las que fuimos testigos y las que hemos tolerado y vivido en carne propia.
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